EL MENÚ DE LA VIDA.
Una pareja se sentó en una de las mesas de un restaurante de comida étnica del oriente medio, sin tener ni la más mínima idea de los platos o los sabores que podrían degustar. Después de una larga caminata acompañada de rugidos estomacales, esos dos aventureros se dispusieron a quedarse en ese lugar y comer algo nuevo, “para probar”. El mesonero los abordó y les presentó un menú con una lista de nombres difíciles de pronunciar y unos precios que les hacían pensar que si la comida sabía como valía, valdría la pena comer allí. Ante su incomprensión o mejor dicho “ignorancia culinaria”, prefirieron preguntarle al mesonero acerca de los platos, y se dieron cuenta de que no habían probado la mayoría de los ingredientes, así que la referencia no les conducía a ningún sabor que pudieran recordar o imaginarse. Sin embargo, eso no representó un impedimento para que confiaran en las recomendaciones del mesonero y eligieran un par de cosas del menú.
Muchos dicen que el destino no existe, aseverando que cada quien forja su camino, pero ¿Cómo podemos explicar el hecho de que aunque vayamos tras las cosas, algunas vienen a nosotros a pesar de que no las esperamos? Para ponerlo en perspectiva, voy a usar el relato anterior. El hambre condujo a éstas dos personas a un restaurante donde nunca habían comido. Aunque en principio el objetivo era encontrar algo que comer, se consiguieron con una serie de opciones entre las cuales tuvieron que elegir sin saber que les deparaba a sus paladares. Una vez pedido los platos, debieron probarlos, y al probarlos debieron pagar por ellos; claro, después de conocer los sabores podrían decidir si valía la pena volver al restaurante o comer en la casa.
En eso consiste la vida, en cubrir necesidades que fueron incluidas en nuestro diseño humano con la finalidad de que nuestra capacidad intelectual (que nos diferencia del resto de lo creado) sea utilizada en la difícil tarea de tomar decisiones. Cuando nos encontramos ante una decisión en la que no podemos medir los resultados nos vemos forzados a recurrir a la “intuición”, pero la intuición por si sola no siempre produce buenas elecciones. Así como los comensales de la historia pidieron sugerencias al mesonero, nosotros podemos contar con la orientación de Dios para tomar las decisiones más complejas de la vida. La fe surge cuando sumamos nuestra intuición al consejo de Dios para elegir. Te ánimo a que no aprendas a través del ensayo y error, apóyate en las sugerencias que te da el creador del universo y te puedes asegurar la mejor experiencia, a pesar de que los resultados no sean siempre los que esperas.







