UN MUNDO AMABLE
Era una mañana como cualquier otra y Gilian, después de una noche de descanso se despertaba con muchas ganas de seguir durmiendo, pero con mucho ánimo para emprender un nuevo día. Al levantarse de la cama se dio cuenta que ya el desayuno estaba servido y que su esposo había decorado la mesa de una forma muy especial, con algunas flores que había tomado del jardín y que llenaban la casa de un aroma fresco y muy relajante. Los niños por su parte ya estaban de pie, bañados, vestidos y totalmente preparados para ir al colegio. En ese momento pensó:
«¿Será que me quede dormida?»
Pero al ver el reloj del comedor se dio cuenta que aún era temprano, que se había despertado a la misma hora de siempre, pero todo estaba en perfecto orden. No habían peleas ni gritos entre los niños, no había desorden y le estaban atendiendo como una reina, todos muy sonrientes y pacíficos...
«Ya va, ¡algo está pasando aquí!»
Y empezó a tratar de recordar si era una fecha especial, porque esas atenciones no eran nada cotidianas, pero eso no era todo... Al momento de ir a su automóvil para llevar los niños al colegio y dirigirse a su trabajo, observó que estaba impecable y al otro lado de la acera estaba su vecino adolescente sentado, con el tobo, el jabón y todo lo que había usado para limpiarlo.
«¿Y quién le dijo a éste que me lavara el carro? Ahora me va a cobrar lo que le dé la gana...»
Mira ¿y cuanto te debo?-.
¿Por que?- le respondió el muchacho.
Por lavarme el carro, pero déjame decirte algo, no me vayas a sacar los ojos queriéndome cobrar una fortuna porque tú a mi no me preguntaste si yo quería que me lavaras el...- Pero el muchacho la interrumpió.
¡No señora! ¿Cómo se le ocurre?, yo solo vi que el carro estaba sucio y se lo lavé, ¡pero no le voy a cobrar nada!-.
«¡Ahora si es verdad que no me cuadra nada!»
Ah bueno... ¡Muchas gracias!
Esto la confundió más, pero era poco para lo que le venía. En el trayecto de la casa al colegio no había trafico, cada quien iba por su carril, cedían el paso, se paraban en el semáforo y lo más sorprendente de todo ¡nadie tocaba corneta!
Los niños le dieron un besito, se bajaron del carro y tomados de la mano Tomás y Paola (sus hijos) se voltearon y le gritaron en coro:
¡Te queremos mami!-.
Le pareció increíble y una sonrisa surgió de sus labios y prosiguió a su trabajo, pero con una confusión que la aturdía.
Aunque le parecía un milagro, sucedió algo extraordinario. Al llegar al estacionamiento de la empresa donde trabajaba (donde la rivalidad y la competitividad llegaban a extremos insospechados) vio que cada auto estaba correctamente estacionado, dejando espacio suficiente en cada lado y cada quien en su puesto asignado...
«¡No puede ser! ¿Ningún abusador se paró o me trancó el puesto hoy?»
Aunque no salía de su asombro, todavía había algo más. Entró al edificio de oficinas y su amargado jefe al verla venir, le pidió al ascensorista que esperara a que ella llegara para no hacerla esperar y la saludó un un beso y un abrazo, tal cual como un padre lo hace con un hijo.
¡Hola Gilian hija! ¿Cómo estas?-.
Bien señor... ¿Y usted?-.
¡Feliz! ¡Muy feliz!
Cuando le dio la espalda a la puerta del ascensor frunció el ceño, pero al entrar en su área de trabajo, en donde habían alrededor de doscientos barullosos cubículos llenos de actividad; en vez de encontrarse con el campo de la batalla del estrés y la envidia, encontró silencio unido a una dulce melodía de música instrumental, sonrisas, saludos y un afecto indescriptible. Cuando llegó a su espacio encontró un globito de carita feliz con una nota que decía:
“¡Que tengas un excelente día de trabajo! ¡Te queremos mucho!”
«¿Que esta pasando Dios mio?» fue lo único que pudo pensar en ese momento.
El día transcurrió excelente y fuera de lo normal, pero Gilian siguió sospechando y buscando el por qué de ese ambiente tan armonioso, aún desconfiando de todo... por más que indagó se dio cuenta que no era un día de fiesta, ni había pasado nada extraordinario con ella para recibir esa atención, y sin dubitable llego a la conclusión:
«¡Claro, ésto no está pasando! Es un simple sueño... ¡Despiertateeeeeeeee.... DESPIERTATE!»
Se pellizcó durísimo, y también le dolió muchísimo... toda esa experiencia era demasiado surrealista para ella, pero no le quedó otra opción que aceptar que había despertado en un extraño “mundo amable”.
¿Te imaginas que algo así te sucediera? Estamos tan acostumbrados al maltrato, al abuso, a la envidia, al egoísmo y a una sociedad tan falta de amor que pensamos que éste ideal solo puede formar parte de un cuento. ¡Pero aún hay esperanza!. Jesucristo vino a este mundo y entregó su vida con la finalidad de restablecer el más puro y original proyecto de Dios para la humanidad: “Su Reino”. Los que creemos en Cristo, estamos en la actualidad esforzándonos individualmente por desarrollar su carácter en nuestras vidas, un modelo de integridad y amabilidad que nos permitirá ser ciudadanos de ese Reino. Creemos la promesa que Él volverá a establecer el orden, acabar con la maldad y a establecer un mundo lleno de amor y de paz.















