PELIGRO SILENTE.

Hulcer había pasado Cinco largas semanas sentado en una silla de ruedas, debido a una fractura múltiple de su fémur izquierdo. Después de esa caída de una escalera, el atleta más destacado de la universidad estaba confinado a caminar con unas ruedas, mientras su hueso soldaba. A pesar de haber estado en una excelente condición física, la fractura no solo había afectado su pierna, sino todo el resto de su cuerpo. Cada semana de reposo hacía que perdiera aproximadamente el quince por ciento de su masa corporal, y aquel “fortachón” a medida que pasaba los días se convertía en un “enclenque” por el simple hecho de no poder moverse con libertad. Había intentado caminar con unas muletas, pero luego de haber tomado confianza sufrió una caída que empeoró la condición de la fractura y lo marcó con un miedo terrible a tratar de hacer “malabarismo”. Al momento de atenderlo, la fractura acaparó la atención de los médicos por lo grave que era y una pequeña llaga que estaba en su talón pasó desapercibida. Esa llaguita quedó atrapada en el yeso y debido al calor, al sudor y a la presión que éste ejercía en ella, con el pasó de los días se infectó y fue creciendo hasta convertirse en una úlcera pestilente. Debido a una pequeña e insignificante llaga, una infección se extendió a lo largo de toda su pierna y para evitarle la muerte debieron amputarle toda la extremidad.
Sé que éste relato es trágico y muy crudo, pero ilustra completamente lo que puede pasar con nuestra vida espiritual, por la falta de perdón. En muchas ocasiones nuestra vida emocional parece estable y maravillosa, pero con el pasar del tiempo sufrimos heridas en el alma, unas grandes, otras pequeñas. Tratamos de perdonar, pero cuando nos sentimos traicionados de nuevo determinamos que lo mejor es apartarnos, quedarnos inertes y dejar que “el tiempo sane”. Al tratar de hacer pasar desapercibida esa herida, poco a poco va empeorando silentemente y sin darnos cuenta, una infección espiritual llamada resentimiento va esparciéndose por todo nuestro ser, amputando nuestra capacidad de amar a los que nos rodean y amarnos a nosotros mismos.
Hubo alguien que padeció corporalmente, recibiendo azotes, y siendo castigado sin misericordia, escupido, insultado y clavado en una cruz. La gran mayoría puede reconocer sin necesidad que escriba su nombre quien es éste personaje, pero no entienden claramente porque tuvo que padecer todo eso. En la Biblia encontramos la respuesta; el libro del profeta Isaías lo explica así: “Él fue traspasado debido a nuestra rebeldía. Fue magullado por las maldades que nosotros hicimos. El castigo que Él recibió hizo posible nuestro bienestar. Sus heridas nos hicieron sanar a nosotros”. “Sus llagas sustituyeron las nuestras”. Si nos acercamos a Él y le pedimos perdón por nuestra rebeldía, recibiremos sanidad en nuestro cuerpo, alma y espíritu. Estableciendo una relación personal con Él que es amor, lograremos aprender a amar, sin reservas ni condiciones. Ésta es tú oportunidad ¿Qué esperas?














