BRÚJULA EN EL CORAZÓN.
Cuando Julio aprendió que Dios se había hecho hombre y había caminado en la tierra en la persona de Jesucristo quedó cautivado; sin contar con la impresión que se llevó al saber que el mismo Cristo había dado su vida en una cruz para ponernos a cuentas con Dios. Cuando quiso saber como ser hijo de Dios, aprendió que todo aquel que decide darse en adopción a Él aceptando su autoridad y su estilo de vida, tendría su cuidado, amistad y compañía eterna. Ese mensaje cubría la necesidad que había en su corazón y le daba una razón para vivir, abriéndole un panorama totalmente nuevo al saberse emisario de esa buena noticia en medio de una cultura que había estado estancada durante miles de años en medio de la selva, viviendo instintivamente el día a día. Así que aceptó el reto, y después de pasar un tiempo aprendiendo principios cristianos volvió a su comunidad a enseñar a otros acerca de todo lo que él mismo había aprendido. Rápidamente otros se contagiaron y quisieron ir con él adonde había recibido todo eso, que no solo era nuevo para ellos, sino que les ofrecía una verdadera esperanza.
Emprendieron un viaje de 3 meses a pie por la selva, con una ruta incierta y llena de peligros, pero con un destino firme y prometedor. Tal aventura parecía totalmente descabellada, porque ni siquiera llevaban los recursos mínimos para sobrevivir, pero estaban dispuestos a afrontar el reto más importante de sus vidas para conocer personalmente a su Salvador. Julio, junto a otros 7 compañeros se adentraron en la selva y pasaron 5 días caminando sin comer. Uno de los jóvenes empezó a dudar si sería posible llegar y le mostraba abiertamente sus dudas a Julio, quien no olvidaba que tenía un amigo que jamás lo abandonaría (Jesucristo) y una brújula en el corazón (El Espíritu Santo). Él lo mandó a callar para que no crecieran dudas en su mente y en vez de dar paso a las quejas elevó una oración frente a sus compañeros. Por respaldo divino, la comida llegó... A cada necesidad una oración, a cada oración una respuesta y cosas inverosímiles los hacían avanzar sin parar.
En una etapa del trayecto debían cruzar el río Orinoco para llegar a un puerto, pero no tenían embarcación, ni herramientas para fabricarse una. Encontraron la corteza de un árbol gigante y contra todo pronóstico la convirtieron en una balsa que flotó río abajo durante tres días y los llevó hasta el lugar donde podrían ser trasladados a la civilización. Cuando Julio (quien fue el último en bajarse) descendió de la improvisada canoa, está se hundió hasta el fondo del río.
Al final llegaron a su destino y hoy día Julio está al frente de un grupo de 21 Yanomamis que están estudiando educación primaria, secundaria y principios bíblicos. Julio es pastor y actualmente estudia enfermería con la intención de volver a la selva y “ayudar a su gente”.
Para mi vida Julio es de gran inspiración, pues me demuestra que con el anhelo de ayudar a otros y el respaldo de Dios todo es posible. Parece mentira, pero toda la parafernalia con la cual contamos para hacernos la vida más fácil, ha terminado debilitando nuestra voluntad e individualizando a la humanidad. Si podemos aprender algo de Julio, es que cuando Dios está en nuestro corazón, no hay destino incierto, ni un día sin un propósito eterno. El desafío es seguir el ejemplo de éste ejemplar Yanomami y establecer una relación personal con el Rey del universo para poder expandir nuestras fronteras hasta el infinito. ¡Anímate!











