ÚLTIMO CAPÍTULO.

Una de las cosas que más disfruto de las vacaciones es la oportunidad de leer en cantidades desproporcionadas, de manera tal, que todo lo que se me cruce por delante (desde libros, hasta las etiquetas del shampoo) las leo con atención. Hay cosas que no aportan mucho, pero hay otras que nutren mi imaginación hasta niveles insospechados, permitiéndome sumergirme en aventuras extraordinarias y enseñándome cosas nuevas.


¿No les ha pasado qué están leyendo un libro y justo cuando llega a su último capítulo los deja en total suspenso? Para mí los años son similares. Cuando llega la última semana estoy sentado al borde del asiento, emocionado, pero al sonar la doceava campanada del 1 de Enero me doy cuenta que la historia tiene una segunda parte...

A pesar de que hayas tenido un año con altibajos, no te desanimes ni llores al dar el feliz año, recuerda que tu historia tiene otro capítulo por comenzar, así que afírmate y espera lo mejor para el 2010; yo por lo menos tengo buenas expectativas, porque la Biblia me promete que las cosas venideras, siempre serán mejor que las primeras y sé que Dios está conmigo.

¡Espero que esté contigo también!
¡Te deseamos un Feliz Año!

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EL CUMPLEAÑERO.

Él era el cumpleañero, sin embargo parecía ser el menos importante de la fiesta. Todos llevaban regalos, pero ninguno le pertenecía, se divertían, pero no lo incluían en la diversión... ¿Por qué esa injusticia? Porque cumplía en un día festivo y al parecer era solo la excusa para la celebración y no el objeto de ella.

Era díficil competir contra una tradición, pero "la tradición" no debería ser excusa para dejar de regocijarse por la vida del cumpleañero, tomarlo en cuenta, divertirse con él, celebrarlo... A final de cuentas era quien año tras año suplía todo lo necesario para la fiesta.

Que triste estar en esa posición... Pero cada Diciembre, Jesucristo, aquel de cuyo nacimiento toma nombre esta época del año (Navidad = natividad = nacimiento) quien debería ser el motivo de la celebración, se mantiene ímpavido, desapercibido por millones de personas que se limitan a verlo como un recién nacido recostado en un pesebre y lo mantienen en ese lugar, al margen de la celebración.


Quizás tengas muchos argumentos para excusarte con respecto a esté planteamiento. El objetivo no es señalarte, ni hacerte sentir mal, tampoco es justificarse. Me gustaría llamar tu atención para que en ésta navidad tomes en cuenta al cumpleañero y lo hagas "el alma de la fiesta".

Si ya lo celebras te felicito, pero si no habías hecho te ánimo a que empieces a hacerlo, nunca es tarde para empezar. Celebra éste año que el niño del pesebre se convirtió en un adulto que dió su vida en la cruz para salvar a la humanidad.

¡Feliz Navidad para todos!

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LOS PARES...

He estado reflexionando en lo importante que son los “pares” para nuestra vida... Mi esposa tuvo que viajar y me quedé solo en casa, y aunque nos volvemos a ver en un par de días la extraño mucho. Parece mentira, pero una vez que tienes tu complemento es muy difícil vivir sin él. Pensando en eso recordé que Dios comparte esta opinión y me lo comprobó ésta mañana en una pasaje bíblico que dice: “Más valen dos que uno, pues trabajando unidos les va mejor a ambos. Si uno cae, el otro lo levanta. En cambio, al que está solo le va muy mal cuando cae porque no hay quien lo ayude”.

En el proceso creativo, Dios se empeñó en hacer de a pares, sino fíjate en tus ojos, o en tus oídos, o en tus manos. Es indispensable tener un complemento, porque garantiza la continuidad de las cosas. Por ejemplo, si un riñón se daña, es posible vivir con el otro... Tomando estas reflexiones he llegado a la conclusión de que es imposible alcanzar el éxito en solitario. Muchos se empeñan en permanecer solos escudándose en aquel dicho popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”, pero ignoran aquel que también dice: “Una mano lava la otra y las dos lavan la cara”.


En una ocasión Dios expresó en voz alta: “No es bueno que el hombre esté solo” y gracias a ese pensamiento tu y yo existimos. Así que te ánimo a que en está navidad puedas compartir con alguien más. Acércate a tus familiares, amigos, vecinos o a quien consideres que necesita de ti y vuelve a la esencia de la época que celebramos. Recuerda que aquel niño que nació en un pesebre de Belén fue un regalo de Dios Padre para la humanidad y que Él mismo nos regaló su vida para que nunca más volvamos a estar solos. Acompaña a Dios y a tus semejantes y vive, sueña y comparte. Jesucristo nos prometió: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra para pedirle algo a Dios que está en el cielo, él se lo dará. Porque allí donde dos o tres de ustedes se reúnan en mi nombre, allí estaré yo”(Mateo 18:19-20).

Aprovecho para decirte lo siguiente: si todavía no has encontrado a tu “media naranja”, no te afanes, recuerda la promesa que acabas de leer y piensa que quizás alguien allá afuera ya le está pidiendo a Dios a alguien como tú, así que no te tardes en pedir ¡Quizás está navidad tenga sorpresas por descubrir!.

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RETROSPECCIÓN.

Hace unos pocos días tuve la oportunidad de ir a ver una película al cine. Como estamos en la época decembrina, me animé a ver “A Christmas Carol” o “Los fantasmas de Scrooge”, donde el actor Jim Carrey es el personaje principal. Valga la cuña, me pareció una película excelente desde todo punto de vista, aunque quizás muchos conozcan el argumento debido a que está basada en un cuento clásico de Charles Dickens.


Vayamos al grano ¿Qué fue lo que más me impactó de la película?. El simple hecho que despertó una multitud de emociones en mi, y de alguna manera me hizo reflexionar en algo concreto mientras la observaba. Por alguna razón inexplicable, los seres humanos tenemos una tendencia a la amargura, debido a los desengaños o a la incapacidad de alegrarnos por las pequeñas, pero significantes cosas de la vida. Casi siempre hurgamos en nuestro pasado pero no en busca de cosas positivas, sino para lamentarnos por todos los errores y heridas que recibimos en nuestra vida y terminamos deshumanizándonos, haciéndonos insensibles a las necesidades de los que nos rodean. Cuando vivimos de esa manera, no nos damos tiempo para reflexionar y preferimos centrarnos en el yo y todo lo concerniente a nuestros intereses, para callar la voz de nuestra conciencia que clama para que podamos manifestar amor.

¿Que pasaría si en un momento pudiésemos ver en retrospectiva nuestro comportamiento y las necesidades de otros? Me refiero a encontrarnos vívidamente con nuestro pasado e ir recorriendo nuestro caminar hasta extendernos hacia lo que nos depara el futuro y observar como estamos influenciando a otros. De seguro cambiaríamos nuestra manera de vivir. Eso mismo es lo que ocurre en la vida del que conoce a Dios personalmente a través de Jesucristo. De alguna manera va haciendo un viaje a través de sus experiencias pasadas, de sus acciones presentes y de su esperanza futura, lo que trae como resultado un cambio de mentalidad y de estilo de vida. NO se trata de que “la religión nos lavó el cerebro”, sino que por primera vez en la vida nos damos cuenta de que alguien fue capaz de entregar su vida por nosotros, por la sencilla razón de que tiene planes eternos para nuestras vidas y porque quiere que aprendamos el concepto de amar, que no es otra cosa que ser capaces de invertir cada segundo para ofrecer felicidad y vida a quienes nos rodean.

Las leyes eternas nunca caducan, porque no tienen principio ni fin. Hace muchos años Charles Dickens tuvo la oportunidad de visualizar ésto y manifestarlo en un cuento, y en la actualidad tenemos la oportunidad de volver a verlo y reflexionar con respecto a nosotros mismos. Mi sincero deseo es que cada uno de los que leen las parábolas puedan reaccionar como lo hizo el señor Scrooge. ¡Feliz semana y Feliz Navidad!

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COMUNIK2.

En estos momentos de la vida encontrar a alguien puede ser tan sencillo como marcar a su número de celular y preguntarle donde está. Sentimos cierta “seguridad” al tener una herramienta que nos permita pedir auxilio en caso de emergencia o que simplemente nos ayude a ubicar a las personas sin importar el lugar en donde estén. Ese concepto de “estar comunicados” ha sido tan arraigado en nosotros que muchos se sienten desnudos o incompletos si salen sin su teléfono móvil.

Pero me gustaría preguntarte. ¿Nunca te ha pasado que necesitas ubicar a alguien y le envías un mensaje de texto y no responde, llamas a su número y cae la contestadora, chequeas a ver si está conectado(a) y no lo(a) encuentras? ¿Qué sientes cuando eso pasa? Por lo menos a mi me produce una zozobra terrible cuando me sucede con mi esposa. Al principio espero un poco y vuelvo a intentar, si no logro comunicarme trato de tranquilizarme y de plantear otra estrategia para ubicarla, si no funciona me pongo a pensar en que se pudo haber quedado sin batería o no hay cobertura donde está, pero llega un momento donde a mi mente empiezan a llegar pensamientos preocupantes con respecto a esa imposibilidad de ubicarla y progresivamente caigo en desesperación. Gracias a Dios, al final siempre termino encontrándome con ella y entendiendo el valor que tiene para mi y la falta que me hace.


No considero que eso sea falta de fe, ni inseguridad en el cuidado de Dios, sino más bien una dependencia fuera de lo común al celular. Siempre me pregunto ¿cómo harían las personas de hace 20 años que no contaban con éstas herramientas? y lo único que se me ocurre es que eran más pacientes y confiadas. Nuestra generación está tan acostumbrada a comunicarse tan rápidamente que hemos trasladado nuestros malos hábitos de comunicación a nuestra relación con Dios. Creemos que Dios tiene la responsabilidad de devolvernos la llamada si le repicamos. No estamos dispuestos a dejarle un mensaje en el buzón de voz, porque no sabemos cuando nos responderá. Si nos llegamos a comunicar tratamos de ser lo más breves posibles para no malgastar el saldo (tiempo) y si por casualidad no nos responde pensamos que no quiere hablar con nosotros en vez de darnos cuenta de que somos nosotros los que no tenemos “señal” o que nos quedamos sin “batería”. Peor aún, a veces solo le marcamos “en caso de emergencia...”.

Si al buscar a Dios agotáramos todos los recursos como cuando tratamos de ubicar a alguien que queremos, posiblemente nos encontraríamos más frecuentemente con Él y seriamos más pacientes y confiados. ¡Dejemos de depender del celular y dependamos más de Dios!

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