PEDIR CONSEJO.
Entró apesadumbrado en la habitación. La cabeza le pesaba una tonelada, la preocupación le hacía retumbar los oídos con un monologo pesimista y la atmósfera febril del cuarto lo hacía sudar a chorros. Asediado, cayó en la cama como un edificio dinamitado.
En el transcurso de la vida nos encontramos en infinidad de circunstancias donde no encontramos una salida; paradójicamente, en vez de buscar ayuda tenemos la tendencia a aislarnos y a sufrir en silencio. A veces, porque pensamos que si le contamos nuestra situación a alguien le transferimos nuestro problema, en otras ocasiones porque erradamente pensamos que el tiempo y el olvido lo solucionarán. Lo cierto es que, lo más sabio siempre será pedir un consejo.
Una vez que decidiste vencer el aislamiento y acercarte a pedir consejo puede venir a tu mente otra objeción: “¿A quién debo acudir?”. Es cierto que debemos ser cuidadosos a la hora de contar nuestros problemas y de pedir consejo, pero tenemos esperanza, porque siempre hay alguien a quien acudir, solo debemos saber escoger bien el consejero(a) basándonos en los siguientes criterios:
- Debe ser una persona imparcial.
- Inspirar confianza.
- Enseñar con el ejemplo.
- Tener experiencia.
- Y por encima de todas estas cosas... ser una persona que tenga una relación estable con Dios y que conozca la Biblia.
¿Por qué son tan importantes éstas cosas? Porque nos garantizarán un consejo justo que no estará basado únicamente en lo social o afectivo, sino también en lo espiritual.
Por último, es importante que una vez que recibas el consejo lo pongas en práctica a pesar de que no te convenza, si no genera resultados sigue buscando consejos de personas que cubran los requisitos y aplícalos, pues de seguro podrás encontrar una solución. La Biblia afirma que: “En la multitud de los consejos se encuentra la sabiduría”, así que no te rindas tan rápido.








